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EN LA RUTA DEL SOL . (CAPITULO 1 - PARTE 1)

 

Las rompientes olas sobre las rocas costeras levantaban columnas de agua y espuma. El lenguaje del mar con su fragor inconfundible, fuente de inspiración de poetas.

El lado Este de la isla era bien diferente. Con una costa rocosa, abrupta, solo una  reducida playa de pendiente pronunciada, donde multitud de aves marinas revisaban la arena en busca de algún bocadillo.

Cada tanto, desviaba su mirada hacia el vasto horizonte esperando algún suceso poco ordinario.

No supo a ciencia cierta cuanto tiempo permaneció observando aquel maravilloso océano, desvanecedor de inquietudes, desvelos, y del tiempo.

Por fin, poniéndose de pié, recogió el rifle y echó a andar.

Tomó por por un sendero para desaparecer entre la vegetación de la ladera. El camino a través de aquella jungla tropical  le resultaba bien conocido de una y mil veces.

Al cabo de media hora arribó al campamento.

Sobre la fogata, sostenida entre dos horquetas y atravesada por una fina estaca, la pierna de cabra crepitaba dorándose al calor de las llamas.

En cuclillas, Greg le echó una mirada experta para luego girar media vuelta la estaca. Valiéndose de su filoso cuchillo hizo un corte sobre la presa.

-- Media hora y estará lista. — comentó.

Aún de espaldas, lo había escuchado acercarse.

-- Bien. Pues ya tengo bastante hambre. Me parece que hoy empezaste a cocinar  un poco tarde. – dijo Jim.

-- Tienes razón ¡Se hará tarde para ir a trabajar! – contestó Greg, afinando su voz con evidente tono burlón.

Siempre decía lo mismo.

-- Estoy hambriento, es cerca de las dos de la tarde.

-- Prepara la mesa, así te entretienes un poco y no me molestas. – replicó Greg.

Jim, se encaminó hacia el refugio meneando su cabeza y refunfuñando.

-- ¡Y sin protestar! – lanzó Greg a sus espaldas.

Gregory había demostrado ser un buen cocinero. Un tipo ingenioso que sabía rebuscárselas en ocasiones difíciles.

El nuevo refugio, mucho más amplio que el primero, contaba con tres dependencias. Una galería amplia y dos habitaciones de tres metros por cuatro con sus respectivas ventanas. Lucía sólido, no endeble como el primero. Habían tenido tiempo de sobra para construirlo.

Mucho más.

Jim, observó con atención, intentando adivinar el significado de los cortes hechos a cuchillo sobre el trozo de tronco seco, nunca había reparado en ellos a pesar del largo tiempo que llevaba Greg haciéndolos.

Luego de unos minutos preguntó:

-- ¡¿Que fecha es hoy?!

-- ¡Tres de Febrero del dos mil treinta y dos! — respondió Greg enseguida.

Llevaba la cuenta exacta de la fecha.

En cambio él nunca prestaba atención, desconocía el sistema utilizado y sólo se limitaba a preguntarle.

De pronto, sin causa mediante, Jim se mostró furioso.

-- ¡La gran mierda! ¡Tres años que estamos en esta isla del carajo! – lanzó a viva voz.

 Greg, acostumbrado, hacía caso omiso a sus arrebatos de ira.  Si bien se habían amoldado a la vida en aquella isla,  de vez en cuando, su compañero se rebelaba contra esa forzada situación.

Pese a todo, las esperanzas de que alquien acudiese a su rescate seguían latentes.

Durante tres largos años habían superado incontables visciscitudes. Desde violentas tormentas hasta enfermedades, y un sin número de experiencias nuevas. Conocían “su” isla palmo por palmo. Con frecuencia, durante las incursiones a la parte Este, la cacería de cabras resultaba abundante. Y mantener en cautiverio algunas  junto con sus crías para obtener leche fresca, había resultado una buena idea desde el principio.

Se habían convertido en expertos pescadores, utilizando una red, una caña, una vara o lo que fuese. Sus cuerpos lucían curtidos por el sol y la sal marina, y sus cabellos desprolijos y largos a pesar de los regulares cortes con navaja.

Esta última, junto con una piedra para afilar de grano muy fino, resultó una de sus más preciadas posesiones.

-- ¡Bendito sea Greg y su costumbre de usar esa antigüedad para afeitarse! – pensaba Jim.

Su abuelo, peluquero de profesión, le había enseñado como utilizarla, y él, a su vez a Jim, por supuesto cuando se acabaron sus modernas máquinillas. Greg recordaba los cortes que en un principio se propinaba su compañero y moría de risa.

Por fin estuvo lista la carne asada y comieron en silencio.

Como siempre.

Su diaria lucha por sobrevivir a pesar de las circunstancias los había endurecido. Al cabo de tres largos años, de aquellos alegres muchachos en pos de unas vacaciones en el paraíso, no quedaba rastro. 

Se habían convertido en hombres duros y decididos.

Sin embargo el peor problema enfrentado era su vestimenta, luego de un tiempo, la única que conservaban en condiciones de usar ya se encontraba raída y repleta de remiendos.

A excepción de ligeras variantes, todos los  días eran copia del anterior, y aquella agobiante monotonía los inducía a buscar nuevas actividades en forma constante.

Jim, respetuoso amante de los animales, quien en un primer momento había sentido mucha pena por la primera cabra muerta de un disparo, ahora cazaba utilizando un machete.

El recuerdo de sus seres queridos, su vida citadina, las salidas nocturnas, todo formaba parte de un pasado que parecía estar muy lejano. Además, salvo alguna que otra discusión, se complementaban a la perfección.

Acabaron de comer y Greg inquirió:

-- ¿Has visto algo nuevo?

-- No.

-- Siempre pienso lo mismo. Es imposible….imposible… que en el transcurso de tres años... tres largos años, ni un barco, ni un velero..... un miserable bote… ¡Nada!

-- Es cierto. ¿Y  aviones? ¿Por qué diablos no hemos divisado un solo puto avión? — dijo Jim.

-- Eso no cuenta, es probable que no encontremos lejos de las rutas aéreas.

-- ¿No era cierto que  la marina brasileña mataba, o llevaba una cantidad de cabras cada tanto.... para evitar la superpoblación, según dijo Joao?

-- Puede ser que vengan cada cinco años o diez, y cuando llegamos, sólo hacía escaso tiempo que lo habían hecho.

Tal vez Joao mintió. — reflexionó por último Greg.

-- ¿Por que habría de mentir? ¿Tal vez lo dijo para que no las matásemos? ¡Mentiroso hijo de puta! —  Jim aplicó esta vez un puñetazo sobre la mesa de caña.

Su rostro estaba desencajado a causa de irrefrenable ira.

-- Durante mucho tiempo convenimos en no hablar del tema. Sólo esperemos... ¿Sí? — concluyó Greg, luego poniéndose de pié comenzó a retirar los platos sucios.

-- ¿Sabes que pienso? — comenzó por decir Jim -- pienso que todo es tu culpa.... a causa de tu maldita idea de venir aquí, mi vida se ha ido por el caño. ¡Nunca te lo he reprochado pero ahora lo hago!

El cinismo en su tono de voz exasperó a Greg, quien se retiraba con los platos sucios en la mano. Volteó con rapidez.

-- ¡ Aaaaahhhh! ¡¡¡¿Y por que razón tu aceptaste venir?!!!!......  ¡¿O tal vez te traje por la fuerza?!..... – Greg lucía enfurecido y con ojos  turbios.

Jim no contestó.

En su interior sabía que Greg tenía razón. Recapacitó por un instante y un largo silencio se produjo.

No agregó más, resultaba innegable que él había estado de acuerdo en emprender aquella aventura.

-- ¡En cualquier momento te mataré! –- Greg pretendió que estaba a punto de lanzarle un plato.

No cruzaron palabra alguna  por el resto del día.

La siguiente mañana, Jim recorrió el camino hacia la cresta del monte más alto, hacia el Norte de la isla. Constituía el punto que utilizaban como observatorio. El otro cerro, pemanecía aún inexplorado, allí sólo habían cazado algunas cabras y nada más.

Sin razón en particular, decidió trepar hasta su cumbre.

Más rocoso y elevado, carecía casi por completo de vegetación sobre sus laderas.

Aunque la ascensión resultó bastante dificultosa, al cabo de un rato había logrado alcanzar la cima donde permaneció expectante alrededor de una hora. Comprobó que la visión desde allí no difería mucho de las que efectuaban desde el “observatorio” sobre el otro cerro.

Pero de todas maneras, cualquier suceso que alterase la rutina revestía de importancia al hecho.

Por fin, decidido a volver al campamento y emprendió el regreso.

A mitad del descenso, se percató que no transitaba por el mismo camino que había recorrido al subir. Este se tornaba  a cada paso más escabroso y difícil.

-- Un poco de ejercicio no le hace mal a nadie. – pensó.

Un trecho más adelante decidió detenerse en una saliente, una especie de terraza de roca emergida sobre la ladera.

Pensaba recuperar el aliento durante cinco minutos y proseguir con el descenso.

Aquel balcón de reducidas dimensiones, tres o cuatro metros cuadrados de superficie, se hallaba  repleto de malezas de baja estatura,  pero apartando un poco los arbustos logró espacio para sentarse con más comodidad.

Pero de improviso, el suelo pareció desaparecer bajo sus pies. Sintió la horrible sensación de pisar en falso para luego caer al vacío.

Por instinto buscó asirse de la maleza, agitando los brazos extendidos, pero solo logró arrancar algunas pequeñas ramas de las matas que lo rodeaban. La tierra lo engulló  hacia sus entrañas y no supo a ciencia cierta cuanto duró la caída.

 

 

 

 

El sol calentaba su piel a tal punto que le producía cierto ardor. Un día espléndido para permenecer en la playa. Retiró la tapa de la pequeña conservadora a su lado para extraer una lata de cerveza helada. El intenso frío que emanaba hirió su mano.

Con ademán displicente tiró de la anilla para destaparla, pero con tan mala fortuna, que le ocasionó un profundo corte y la roja sangre brotó de inmediato.

La herida, aunque pequeña, resultó bastante profunda y comenzó a sentir un fuerte ardor. De todas maneras, no le prestó mucha atención, y cogiendo su pañuelo envolvió su mano.

Aquella cerveza bien helada deslizándose por su garganta le produjo un enorme placer.

-- ¡Hola mi amor! –  sonó una voz femenina a su lado.

Se volvió de inmediato.

-- ¡Claire! – exclamó sorprendido. — ¿Que haces aquí? ¡Creo haberte dicho que era peligroso venir hasta aquí! 

Concluyó reprendiéndola, al tiempo que admiraba su hermoso cuerpo dorado por el sol.

-- No me importa, he venido a estar contigo.

Terminó de decir estas palabras y se arrojó sobre él, que permanecía echado sobre la arena. Sin embargo, lo hizo con  violencia, preduciéndole un intenso dolor en las costillas y en la espalda.

Además, la caída de su cuerpo sobre el de él, lo obligó a  exhalar todo el aire de sus pulmones. En realidad se sintió tan mal, que comenzó a retorcer el cuerpo mientras mantenía sus ojos  cerrados.

Un momento más tarde, los abrió para reprender a Claire por su tremenda brutalidad hacia él.

Pero todo se había vuelto negro, tan negro como la noche más oscura.

¿Que ocurría?

Su cabeza daba vueltas y le dolía horrores.

La conciencia de la realidad surgió como un baldazo de agua fría haciéndolo estremecer.

Comenzó a percibir cierta tenue claridad frente a él, mientras un punzante dolor en su espalda y en las costillas lo hizo gemir. Luego, intentó incorporarse, pero su cabeza chocó contra algo duro y decidió permanecer en la posición en que se encontraba.

Evaluaría su situación antes de emprender alguna iniciativa con respecto a moverse.

Al cabo de un par de minutos, sus ojos, ya adaptados a la penumbra del lugar, le mostraban una especie de estrecha cueva. Supo de inmediato que había tenido la mala fortuna de resbalar y caer dentro, además de recibir un fuerte golpe que lo había dejado inconsciente vaya a saber hacía cuanto tiempo.

Giró con lentitud para colocarse boca abajo, para luego,  comenzar a trepar con dificultad una irregular pendiente repleta de rocas sueltas desprendiéndose a medida que avanzaba hacia la abertura.

Por fin, llegó a duras penas hasta el hueco superior para emerger sobre la ladera del monte.

¿Cuanto tiempo había permanecido allí abajo?

No lo sabía.

A juzgar por la posición del sol, calculó que alrededor de unas cuatro o cinco horas.

Más tarde, cuando Greg lo vio aparecer en el campamento maltrecho y tambaleante, lanzó:

-- ¿Donde diablos te habías metido?.... son las tres de la tarde y....

Se lo veía cubierto por completo de polvo, con su camisa rasgada, y en su pierna izquierda, había sangre proveniente de una herida. Su frente lucía escoriaciones en medio de una protuberancia bastante considerable, producto del golpe que lo había dejado sin sentido. Además,  un corte en su mano derecha aún goteaba sangre.

De inmediato corrió a su auxilio.

-- ¡¿Pero que te ha sucedido?! – preguntó con visible preocupación.

-- Nada. Nada....sólo me resbalé y caí por un hueco en la ladera del monte Norte.

Ellos habían bautizado a los cerros como: “Monte Norte” y “Monte Sur”; dada su respectiva ubicación geográfica sobre la isla.

Greg lo condujo al interior del refugio, donde valiéndose de los escasos elementos de primeros auxilios que aún quedaban, comenzó a curar sus heridas.

--¿¡No habíamos quedado de acuerdo en no explorar en solitario los parajes nuevos!? — recriminó Gregory.

-- Tienes razón, el error ha sido de mi parte. – Jim bajó su cabeza. Había cometido una gran tontería.

-- ¡Estás hecho un desastre! – continuaba Greg, mientras evaluaba la gravedad del  corte sobre la mano de Jim.

Al verla agregó:

– ¡Mira que herida te has hecho en la mano!

-- Fue destapando una lata de cerveza, bien fría. – dijo Jim con inocencia.

Recordaba el sueño que había tenido durante su inconsciencia producto del golpe.

La insólita respuesta dejó a Greg atónito y pensativo.

-- ¿Como has dicho?

-- Nada…. nada… olvídalo. 

Jim sonrió.

-- Si hubieses quedado atrapado, tal vez nunca hubiera podido encontrarte. Hubieses muerto. – sentenció con el ceño fruncido,  reprendiéndolo como a un niño.

Jim sabía que tenía razón y no agregó más.

Aquella amarga experiencia, en adelante sirvió de ejemplo para ambos. Nunca más se arriesgaron a realizar incursiones en solitario. Quedaba demostrada la manera en que un error, por muy pequeño que pareciese, en aquellas circunstancias podía costarles la vida.

 

4 de Marzo. Año 2032.

Aquella mañana, una mancha  muy  pequeña en el horizonte llamó la atención de Greg.

       Quedó  perplejo.

La cima del cerro más alto de la isla formaba una reducida meseta a la cual habían bautizado como “El observatorio”.

Desde allí habían observado en busca de probables rescatadores durante cientos y  cientos de horas. Sin embargo, habían dejado de encender fogatas hacía tiempo por considerarlas inútiles.

Con temblorosas manos producto de su emoción, tomó los binoculares que colgaban de su cuello y enfocó sobre el misterioso objeto distante.

¡No lo podía creer!

Un segundo después, se lanzó a la carrera colina abajo lo más veloz que pudo. Durante el camino tropezó y cayó tal cantidad de veces que perdió la cuenta.

Cuando Jim lo vio aparecer tan agitado, su corazón se detuvo.

-- ¡¡¡¡ ¿Que sucede Greg !!!!!

Greg se desplomó, para luego permanecer sentado sobre la arena jadeando por el esfuerzo.

Parecía haber visto al Demonio.

--¡ Un...un...un barco!  – articuló entre jadeo y jadeo.

No podía reponerse por completo del extenuante descenso.

-- ¡¡¡¡¡¿Donde?!!!! ¡¡¡¡¡¿Donde?!!!!!! — preguntó Jim con desorbitados ojos, cual un enajenado.

-- Hacia... hacia... el Este.

-- ¡¿Lejos?¿Está lejos? ¿Está lejos el barco?!...

-- Calculo.....cinco kilómetros, no sé..... tal vez más, tal vez.....menos.

-- ¡Aguarda aquí, subiré para ver!

Jim partió en presurosa carrera, pero antes, cogió de un tirón los binoculares que colgaban del cuello de Greg.

Durante el camino, su mente trabajó a toda prisa.

En primer lugar debía verificar si la nave se acercaba o se alejaba, un detalle de vital importancia.

Cuando llegó a la cima lo detectó de inmediato. Cualquier objeto en ese horizonte desierto podía detectarse a primera vista.

Sí, allí estaba.

Los poderosos binoculares mostraban un buque mercante, de lado, y con su proa enfilada hacia el sur.

Durante un buen rato Jim no le quitó sus ojos de encima.

¡Debía pensar que hacer! ¡Y pronto!

Era simple, en el hipotético caso que aquella misteriosa nave se desplazase hacia el Sur, intentar alcanzarla resultaría un suicidio. Con la escasa cantidad de combustible que disponían, si no lograban ser avistados desde el buque, quedarían varados a la deriva, y lo que resultaría peor, lejos de la isla.

¿Que hacer?

-- ¡Piensa! ¡Piensa!.— se repetía una y otra vez.

Un sonido por detrás lo distrajo de sus cavilaciones.

Greg, tropezando, había  echado a rodar unas piedras ladera abajo.

-- ¿Y? ...

Greg jadeaba entrecortado. La ilusión de un posible rescate, lo había acicateado a realizar un esfuerzo sobrehumano y a trepar de nuevo el cerro.

-- ¡Observa! – Jim alargó los binoculares.

Esperó con impaciencia que Greg enfocase el navío.

Luego preguntó:

-- ¿Que ves?

La voz de Jim se escuchó ansiosa.

-- El barco.....

-- ¡No! ¡No me refiero a eso! ¡¿Está más lejos o más cerca que cuando lo divisaste por primera vez?!  — preguntó Jim con insistencia.

-- Diría que.... está a la misma distancia. — respondió Greg.

-- ¡Fantástico, veo lo mismo! Sólo quería asegurarme de ello.... y significa una sola cosa, está anclado o detenido.

¡Bajemos hasta el campamento sin perder tiempo! —  Jim comenzó a descender del cerro en una nueva y desaforada carrera.

Greg lo siguió lo más rápido que pudo, estaba demasiado agotado por haber recorrido dos veces aquel trayecto.

Cuando llegaron al campamento, Greg se echó sobre el arenoso suelo intentando recuperar la respiración.

-- ¡Vamos levántate! No es momento de descansar. – dijo Jim.

Y agregó:

-- Recoge lo que desees llevar... tal vez no regresemos….

Prepararon el bote cargando el  poco combustible que quedaba y habían economizado al máximo durante tres años. Sólo una  lata sellada conteniendo veinticinco litros.

Jim cogió apresurado su rifle, los binoculares que colgó de su cuello, y dos cuerdas largas. Greg, por su parte, tomó su arco y flechas y un bidón plástico con cinco litros de agua potable. Por último y si resultaba ser como había dicho Jim y no regresaban, corrió presuroso a liberar a las cabras que mantenían en cautiverio.

Minutos más tarde, después de arrastrarlo una veintena de metros, lanzaron el bote al agua, Jim puso en marcha el motor y partieron a bastante velocidad.

Greg volteó gritando:

--¡Adiós isla sin nombre!

Dieron un rodeo a la isla para luego encaminarse hacia el Este.

El pequeño fuera de borda rugía a plena marcha y la embarcación surcaba rauda las cristalinas aguas.

No apartaron sus ojos ni por un segundo de la oscura silueta que se recortaba en el horizonte, como si hacerlo pudiera hacerla desaparecer. 

Un torbellino de pensamientos se agolparon en sus mentes, por lo cual permanecieron en silencio durante el todo el trayecto.

Media hora más tarde, sólo un centenar de metros los separaba del carguero, la enorme nave de negro casco se encontraba detenida.

No advirtieron cadenas de ancla echadas como tampoco la presencia de marineros sobre cubierta.

Ahora resultaba indudable que se trataba de un gigante a la deriva. Un monumental carguero de casi doscientos metros de eslora y puente en popa.

Jim detuvo la marcha a cincuenta metros del “Norge Express”. Su nombre algo despintado a causa del óxido se leía sobre ambos lados de proa y sobre la popa.

Greg comenzó a gritar con todas sus fuerzas:

-- ¡¡¡Ehhh, aquí!!!

-- ¡¡¡Ehhh , aquííí.... los del barcoooo. !!!

 Jim, decidió diaparar el rifle del .44 un par de veces al aire con el objeto de llamar la atención a la presumiblemente distraída tripulación. Sin embargo no recibieron respuesta alguna.

Insistieron con más gritos y efectuaron nuevos disparos, pero tampoco alguien respondió.

Decidido a  todo, Jim aceleró el motor alejando el bote unos metros, y esta vez, con determinación, apuntó el rifle en dirección al puente de mando.

Tronó el disparo y el pesado proyectil estalló uno de los vidrios de las ventanillas.

Luego, sólo silencio.

Se miraron azorados. Resultaba inexplicable.

¿Era un buque abandonado a la deriva?

¿Que lo habría obligado a detenerse, tal vez una avería?

¿Y su tripulación?

Ambos pensaron que hallar una nave de ese porte al garete no resultaba un hecho para nada normal.

Minutos después comenzaron a dar vueltas con lentitud alrededor del gigante, intentando detectar alguna señal de vida a bordo.

Poco más tarde, el combustible para el motor del bote se había reducido a menos de la mitad. Y cuando había transcurrido casi  media hora desde que llegaran junto al carguero, tuvieron la certeza  que nadie les respondería.

-- ¡Intentemos subir a bordo por nuestros propios medios! 

Propuso Jim visiblemente alterado.

-- De todas maneras, casi llegamos a un punto sin retorno, no resta mucho combustible. — afirmó Greg.

Pero tres vueltas alrededor de aquella mole flotante los llevó a  descubrir que no había ningún camino. No existía manera alguna de trepar a bordo de aquel coloso. No existían cadenas, sogas, escalerillas o algún otro medio que les permitiese alcanzar la cubierta.

Unos minutos después, comenzaron a lanzar hacia arriba el pequeño ancla del bote, sujetando una cuerda en su extremo y en un intento de alcanzar la barandilla revoleándola. Pero realizando sus máximos esfuerzos, sólo lograban llegar algo más que a la mitad de la imponente pared de acero. 

-- ¡Hacia la popa, es el lugar de menor altura! — diciendo esto, Greg enfiló el bote hacia su parte trasera.

Pero intentaron una y otra vez sin éxito.

Al cabo de una hora, estaban ya exhaustos, con sus brazos adoloridos de tanto revolear y lanzar la pequeña ancla del bote. La barandilla del barco se había transformado en un objetivo inalcanzable.

Sin emabargo, la situación se tornó aún más angustiosa cuando Greg echó una ojeada hacia la isla.

Aparentaba encontrarse más lejos.

-- Creo que nos arrastran las corrientes, Jim. Si permanecemos más tiempo intentándolo, luego será imposible regresar a la isla .— reflexionó Greg.

Jim contemplaba mudo la enorme nave.

Greg continuó diciendo:

-- Si partimos ahora, el poco combustible que aún queda al menos nos acercará a la isla, luego remaremos el resto del camino y estaremos a salvo. Si en cambio continuamos..... caerá  la noche y la distancia será demasiada.... o la perderemos de vista.

La isla que por tres largos años se había transformado en una cárcel para ellos, como una paradoja del cruel destino, ahora representaba la seguridad de sobrevivir.

Trepar por un lado de aquel barco resultaba una tarea imposible. Aquella inexpugnable mole, parecía un inaccesible castillo medieval para sitiadores sin torres de asalto.

Necesitaban resolver de inmediato el desesperante dilema.

De pronto, entrecerrando sus ojos, Jim dijo:

-- Probaremos otra cosa... alcánzame una de tus flechas. ¡Rápido!

Greg, aunque intrigado, no demoró en hacer lo que Jim había ordenado. Con rapidez desenvolvió el atado confeccionado con lona donde se encontraba su arco y las flechas.

Jim, con un decidido golpe de cuchillo cortó la cola estabilizadora de una de ellas para luego intentar introducirla por el cañón del rifle.

-- No entra, pero por muy poco. – dijo.

Sus movimientos se volvieron nerviosos y apresurados. Sin perder un segundo comenzó a raspar con el cuchillo su superficie, suave pero veloz y para reducir su diámetro. Al intentarlo  por segunda vez, la vara penetró por la boca del arma hasta la recámara. Acto seguido, procedió a retirarla dejándola a un lado sobre el fondo del bote.

Tomando esta vez una bala del viejo Winchester, removió el proyectil de plomo con su cuchillo, y caliéndose de un trocito de tela que cortó de su pantalón, confeccionó una bolita para obturar así la cápsula de bronce y evitar que la pólvora se derrame.

Trabajó febril y nervioso, pero con seguridad en lo que estaba haciendo.

Greg lo observaba atónito, aunque había entendido a la perfección lo que se proponía.

Tallando una muesca profunda sobre el astil de la flecha y un palmo detrás de su punta, ató la cuerda, pero de manera que un resto de ella quedase formando un abierto lazo de nudo corredizo y regular tamaño.  

Al terminar dijo a Greg: 

-- Ruega que  funcione.

Cargó el cartucho sin proyectil en la recámara del arma e introdujo la flecha por el cañón.  Luego, se colocaron con el bote junto al buque,  cerca del puente de mando.

Apuntando con cuidado en un pronunciado ángulo, Jim apretó el gatillo del rifle, y luego de un seco estampido, la flecha con la delgada cuerda atada surcó el aire pasando del otro lado del puente.

--¡Sí! ¡Sí! – gritó Greg -- ¡Dios! ¡Dios! ¡Que se enganche en algún sitio!

-- Veremos..... – susurró Jim.

Había comprobado que su milagrosa idea daba buen resultado. Sin embargo, sabía que aún faltaba que la soga se anudase con firmeza en algún saliente.

Comenzó a recoger la soga de forma lenta hasta que se puso tensa. Se acercaron al enorme casco y Jim se colgó para verificar si en realidad se había logrado enlazar en alguna parte.

Pero de improviso cayó de rodillas contra el piso del bote.

La cuerda se había soltado.

Al recogerla, se dieron cuenta de lo sucedido. Se había enganchado la flecha, más no el lazo, más tarde, al halar, la primera se había quebrado.

No se desalentaron por el hecho y recogieron rápido la soga.

 -- ¡Preparemos otra! ¡Preparemos otra!. — insistió nervioso Greg.

Lo intentaron otra vez.....y otra vez.....y otra vez.

En ocasiones recogía la flecha intacta y volvían a arrojarla.

Pero el tiempo transcurría inexorable.

-- ¿Cuantas quedan?— preguntó Jim, con una mueca de franca decepción pintada en su rostro.

Los fracasados intentos y el correr del tiempo casi habían dado por tierra con sus esperanzas.

-- Una.... una sola.— respondió Greg.

Se miraron fijo a los ojos. Sabían que aquella insignificante vara de madera representaba la última esperanza de salvación, de libertad.

Prepararon el último lanzamiento.

Esta vez, trabajaron en forma más lenta y cuidadosa. No debían fallar.

Por fin, Jim dijo con cierta tristeza:

-- Greg. No pierdas de vista la isla.... tal vez debamos regresar.

A decir verdad estaba convencido que resultaría en un nuevo y último fallido intento. Greg, volteando su cabeza, apenas logró divisar una pequeña mancha oscura sobre el horizonte.

Un segundo después tronó el disparo.

La saeta surcó el aire, y en forma inexplicable se elevó mucho más alto, para luego cruzar por encima del buque.

-- No estuvo nada mal, ¿verdad?— dijo Greg sonriendo.

La suerte estaba echada en aquel último intento.

Comenzaron a halar con suavidad la cuerda hasta que ofreció, como en las anteriores ocasiones, cierta resistencia. Entonces, Jim se colgó como lo había hecho tantas otras veces.

Sólo que esta vez resistió su peso.

Greg se tomó el rostro con ambas manos y comenzó a gemir. Luego, miró hacia el cielo con los ojos enturbiados por las lágrimas y exclamó:

-- ¡Gracias. Gracias Dios! 

Greg envolvió las manos de Jim con trozos de tela que cortó de sus ropas, de lo contrario, al trepar, la cuerda lastimaría sus manos.

Un instante después Jim comenzó el dificultoso y lento ascenso ante la ansiosa y expectante mirada de Greg.

Un par de minutos más tarde...

¡La meta inalcanzable!

Trepó sobre la barandilla del Norge Express.

Ya con sus pies sobre la cubierta, echó una mirada hacia el horizonte para lanzar un profundo suspiro.

Una sensación de alivio y euforia lo invadió de pies a cabeza, e hizo que de pronto su cuerpo comenzara a temblar como una hoja. Sus ojos lagrimeaban y tuvo que esforzarse por mantener la calma.

Luego, buscó con afán sobre el corredor lateral de la cubierta hasta encontrar un carrete con escalerilla de cuerdas, la que fue desenrollando para desplegar sobre la borda

Greg la alcanzó, cogió el viejo rifle Winchester del .44 y la munición que aún quedaba y comenzó a trepar.

Un par de minutos después, ambos ya sobre cubierta, se abrazaron con fuerza y lloraron como dos chiquillos durante un buen rato. Los rojizos rayos del sol comenzaban a ocultarse en el horizonte tras un cúmulo de altas y grises nubes.

-- Bueno... investiguemos antes que caiga la noche.— sugirió Greg.

Al abrir la primera puerta con la que se toparon, sobre uno de los pasillos laterales, un hedor nauseabundo penetro por sus narices.

-- ¡Aggg...huele a podrido! – exclamó Jim.

-- Es verdad, huele a muerto.

Avanzaron hacia el interior.

El silencio era total, sólo quebrado por  ominosos chirridos y crujidos que producía el acero de la enorme estructura. Nada más.

Alcanzaron una corta escalera sobre el final del corredor para luego subir por ella.

La visión resultaba bastante escasa en medio de la penumbra.

Luego, otra puerta y otra escalerilla. En su intento por alcanzar el puente de mando, continuaron recorriendo lo que aparentaba haberse convertido un intrincado laberinto de puertas y pasadizos.

Unos metros antes de ingresar al puente, vislumbraron la tenue claridad del atardecer penetrando por sus ventanillas frontales. Greg se abalanzó hacia ella apurando el paso, adelantando a Jim en varios metros.

-- ¡ La gran mierda !

Jim escuchó la exclamación de Greg e ingresó detrás de él. 

La visión resultaba estremecedora. Sobre un sillón giratorio, un cadáver consumido por completo los observaba a través de sus órbitas vacías.

Se aproximaron con cautela.

--  Ha muerto hace largo tiempo, según parece. — comentó Jim.

-- Sólo queda algo de piel seca y huesos. — dijo Greg,  arrugando su nariz con asco.

-- Mira la gorra y su chaqueta, tal vez era el capitán. – observó Jim.

-- ¡Allí! -- exclamó Greg alzando su voz de repente y haciendo que Jim se sobresaltase.

Señaló hacia un rincón de la sala de mando con dedo tembloroso.

-- ¡Otro! -- dijo Jim. 

El cadáver, esta vez se hallaba sentado sobre el piso, algo de lado y en las mismas condiciones que el anterior. También vestía una chaquetilla que alguna vez supo ser blanca, ahora se veía teñida de un horrible color ocre, producto de los fluidos del descompuesto cuerpo. Pero éste no portaba gorra de marino.

--¿Un oficial? — preguntó Greg.

-- No lo sé... es probable.

-- ¿Que cosa los mató?— preguntó Greg.

-- No tengo la menor idea. Por lo pronto, salgamos de aquí, ya está muy oscuro. Será mejor pasar la noche en cubierta y mañana recorrer toda la nave a plena luz del día. — sugirió Jim.

Rayaba el alba cuando despertaron, acalorados y sedientos. Pues Greg, en medio de la emoción del día anterior, había olvidado el bidón con agua sobre el bote que abandonaran a la deriva.

Se desperezaron y decidieron aguardar a que el sol iluminara mejor para luego ir tras su primer objetivo, agua potable.

-- Con seguridad debe haber otros muertos en su interior. Hiede tremendo. — comentó Greg.

-- Ruega que no sea algún tipo de peste, de lo contrario estaremos fregados. — Jim meneó la cabeza reflejando preocupación.

-- Y si lo fue, ahora carece de importancia, debe haberse disipado con el tiempo. Llevan al menos un par de años muertos.

-- Siento un hambre atroz. Debemos buscar algo para comer.

 Jim se tocó el estómago.

-- Primero será algo para beber.— dijo greg.

-- ¡Mira Greg!

Afinando la vista en dirección hacia donde indicaba Jim, Greg pudo divisar la isla. Ver aquel trocito de tierra que había sido su hogar por  tres años colmaba de alegría su corazón.

-- Ayer, la perdimos de vista al ocaso por la falta de luz. — asintió sonriendo.

-- Después de todo, no nos alejamos tanta distancia como creímos. —  concluyó Jim.

Por un momento recordaron el agua que habían abandonado sobre el pequeño bote de goma, sin embargo no había ni rastros de él. Abandonado a la deriva, había desaparecido arrastrado por las corrientes marinas.

Cuando la claridad del día resultó suficiente, comenzaron a recorrer el barco.

Recoger los cadáveres a medida que eran hallados, para más tarde echarlos a las aguas del océano,  resultó una tarea macabra, sin embargo sintieron que era su deber dar una digna sepultura a esos marinos.

Así, fueron envueltos uno a uno en lonas o mantas, y arrojados por la borda.

Diecinueve en total.

Al concluír, Greg dijo unas sencillas e improvisadas palabras:

-- ¡Oh, Dios!... te suplicamos que recibas las almas de estos pobres hombres de mar. Ellos creían en ti.... o al menos eso suponemos. Y hacia ti ahora se dirigen.

¡Abreles las puertas de tu reino!

Y que en paz descansen por toda la eternidad. Amen.

No pudieron evitar sentir una gran pena ante el destino corrido por aquella gente, sin embargo, seguía siendo todo un misterio la causa de su muerte.

Más tarde en el puente de mando, inspeccionaron la bitácora del capitán en busca de alguna pista que arrojase luz sobre lo sucedido.

Jim preguntó entonces:

-- ¿Entiendes algo de lo que está escrito?

-- ¡No!...diablos, está todo en idioma noruego. La última hoja está fechada el..... diez de febrero del año dos mil veintinueve. — afirmó Greg.

Jim echó una ojeada al libro.

-- El día diez está claro y el año también... ¿Pero como sabes que aquí dice febrero?

-- Si prestases más atención, descubrirías que el nombre del mes donde cambió de dos mil veintiocho a dos mil veintinueve, es Enero. Al cambiar de nombre el mes, sea en el idioma que sea, debe ser a  Febrero. Pura lógica.

No obstante, ninguna información adicional entendible explicaba lo sucedido a la tripulación.

Más tarde, revisaron las cartas de navegación, pero al no lograr tampoco pista alguna, decidieron desistir en aquella  tarea. Otras necesidades resultaban prioritarias.

Descubrieron agua potable, pero se había corrompido dentro de las cisternas, y de todas las canillas brotaba un líquido marrón, viscoso y maloliente. Luego, la despensa de comestibles y el refrigerador. En este último, todo su contenido se hallaba en estado de putrefacción e inutilizable.

A pesar de todo, muchos alimentos enlatados se encontraban en buen estado, y lo más importante, agua. Contenida en latas selladas de veinte litros para casos de emergencia. Dentro de los camarotes algunas ropas propiedad de los difuntos marinos sirvió para reemplazar la que llevaban, que a decir verdad, estaba en muy malas condiciones. Todo lo considerado de utilidad fue a uno de los dos botes de salvamento que llevaba a bordo la enorme nave.

Combustible extra  para el motor, pues de por sí, el bote elegido, estaba provisto de varias, una brújula de bronce y dos armas. Una pistola calibre .45 y un moderno fusil de asalto, ambas con suficiente munición.

-- Intentemos poner en marcha el motor. Si no funciona, podremos navegar a vela.— dijo Greg.

Debiendo sortear no pocas dificultades durante tres años, no estaban dispuestos a acobardarse ante un inconveniente que consideraron menor. Además, la embarcación poseía una vela arrollada sobre un corto mástil, y éste a su vez, se hallaba rebatido hacia adelante a lo largo de la cubierta y sobresaliendo un metro por su proa.

El arranque eléctrico del motor no funcionaba, obviamente debido a sus baterías muertas, sin embargo, disponía de un sistema manual mediante cuerda retráctil.

Unas horas más tarde y acabados todos los preparativos, llevaban alrededor de una hora intentando echarlo a andar pero sin resultado.

Hata que por fin, luego de incontables tirones a la cuerda de arranque, la máquina tosió varias veces y comenzó a funcionar.

Lo mantuvieron en marcha durante algunos minutos para prevenir una ocasional avería aún no detectada. De ocurrir, resultaba mejor cuando aún se encontraban sobre la nave.

-- Bueno, es suficiente. No gastemos combustible de manera inútil. — dijo Greg, y detuvo el motor pulsando un botón rojo sobre el tablero.

-- Ya sabemos que funciona bien. — concluyó Jim.

Valiéndose de los guinches descendieron la chalupa sobre las aguas. Estos, a pesar que contaban con motor eléctrico para funcionar, también podían accionarse a manivela, previendo el caso de ausencia de energía.

Unos minutos después descendieron hasta el bote mediante la escalera de cuerdas que pendía desde la barandilla del Norge Express.

-- En marcha. — dijo entonces Jim.

Y comenzó a halar de la cuerda, una, dos, tres veces, y al cuarto tirón escucharon el dulce y suave ronroneo del motor. Un instante después, libraron el cabo que aún los mantenía sujetos para enfilar de regreso hacia su isla.

Luego de navegar durante casi una hora arribaron a la playa.

Una extraña sensación se apoderó de ellos, un sentimiento de retorno al hogar luego de unas vacaciones o una larga ausencia.

El campamento los aguardaba intacto, todo estaba en su sitio. Nada había cambiado, sólo que ahora podían abandonar la isla cuando lo decidiesen.

La caída del sol, los encontró preparando su cena.

Esa noche comieron alegres. Rieron. Rieron como nunca lo habían hecho durante tres años.

Al alba, dejarían tras de sí el campamento, su playa, su isla.

Sin embargo, sus recuerdos no. Los recuerdos de aquella aventura resultarían imborrables en sus mentes y en sus corazones.

 

 

 

Durante tres largos días la chalupa del Norge Express surcó las azules aguas del Atlántico, siempre hacia el Oste. Hacia el poniente.

En la ruta del ocaso.

Relevándose cada ocho horas al mando del timón y con ojos fijos sobre la dorada brújula de bronce.

-- Siempre en la ruta del sol. — dijo Jim.

Si el viento los favorecía, utilizaban la pequeña vela para ahorrar combustible.

-- ¿Cuanto más? — preguntó Greg impaciente, por la mañana del cuarto día de navegación.

-- Calculo que un día más, a lo sumo. — respondió Jim.

-- ¿Nos queda combustible suficiente? 

Greg mostraba cierta preocupación.

-- Siempre contamos con la vela. En tanto alcance el agua y los alimentos.... que seguro alcanzarán, no te preocupes. — dijo Jim.

-- La hemos utilizado bastante, y la menor velocidad de la chalupa es probable que haya alargado  un poco el trayecto. — dijo Greg.

-- Indudable.... no pienses tanto, llegaremos.

Jim se sentía confiado, y aunque la posibilidad de una tormenta había cruzado por su mente, no lo mencionó en ningún momento. Sí debían perecer atravesando en el océano, resultaba preferible a terminar muriendo de viejos o tal vez enfermos en aquella solitaria isla.

El quinto día trajo impaciencia, pero la certeza de pronto alcanzar el continente estaba arraigada profundamente en ellos. El desánimo no tenía cabida en sus corazones.

Por fin, la larga línea costera se perfiló sobre el horizone y cuando el sol asomaba ténue en la gris mañana del sexto día de navegación.

-- ¡Lo logramos! ¡Lo logramos hermano mío! ¡Lo logramos! — gritó Greg

Su emoción alcanzó hasta las lágrimas, un poco más y estarían de regreso en casa.

-- Que cara pondrán cuando nos vean. – pensó Jim .—.... Nuestros amigos, mi madre, Carl, Claire....

Claire.

Al recordarla, por un momento recordó la imagen de su rostro aquel ahora lejano día de la despedida.

Se tornaron turbios sus ojos.

-- Seremos famosos de ahora en más. — dijo Greg.

Imaginaban reporteros y cámaras tomando fotos, entrevistas en programas de televisión y por que no... ¡Un filme basado en su historia!

Un torbellino de pensamientos acudieron a sus mentes. Casi hasta podían imaginar los titulares: “Los nuevos Robinson”. Incluso cabía la posibilidad de volverse ricos vendiendo su historia, pues famosos, con toda seguridad lo serían.

Jim observaba con detenimiento la costa aún lejana, sin embargo no había en ella nada que pudiera reconocer del lugar desde donde habían partido. Con toda seguridad era Brasil, la exuberante vegetación de la selva amazónica resultaba inconfundible.

Pero ahora poco importaba el sitio de arribo, habían llegado al continente.        Un poco más al norte, un poco más al sur, daba lo mismo. Estaban de regreso luego de tres interminables años.

-- Eso es lo único que cuenta. — pensó Jim.

Planeaban navegar hacia el Sur siguiendo la línea costera hasta arribar a alguna ciudad donde poder utilizar algún transporte y retornar a su tierra.

Provisiones y agua aún conservaban bastante, por precaución se habían aprovisionado para unos diez días de navegación.  Además, como no sobraba el combustible, continuaban valiéndose del impulso del viento sobre la vela desplegada.

Siguieron un trayecto paralelo a la costa durante muchos kilómetros, en dirección sudoeste, pero sólo avistaron densa vegetación selvática y playas de blancas arenas. Ninguna otra cosa.

Más tarde, la línea costera se curvó hacia el sur, luego al  sudeste para girar de pronto al este y al norte otra vez, encontrando en su camino una pequeña isla desierta en el extremo de una península. 

Bordearon su costa para continuar rumbo  al sur.

-- ¿Donde demonios estamos? – preguntó Greg impulsado por la impaciencia. – Ya me estoy mareando con tanto cambios de dirección.

-- Recorriendo la sinuosa costa de Brasil, ¿en que parte exacta?, no me preguntes, pues yo tampoco lo sé. Creo que arribamos mucho más al norte de lo calculado. — respondió Jim.

Más tarde atravesaron un grupo islas más pequeñas, y una hora después, avistaron en el horizonte la inconfundible presencia de un pequeño puerto pesquero.

Ya era hora de desembarcar, los agotadores días de navegación habían hecho mella en ellos.

Por fin, cuando restaban cerca de ciento cincuenta metros para alcanzar la costa, en la cual un reducido muelle tenía amarradas media docena de embarcaciones, fuertes estampidos provenientes de tierra firme los sobresaltó.

Una fracción de segundo más tarde, el aire siseó una y otra vez sobre sus cabezas cual zumbido de abejas y el agua comenzó a saltar en surtidores alrededor de la chalupa produciendo violentos chasquidos. 

 

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