top of page

 

EL  RIO

 

Crecí junto a un caudaloso río, de aguas marrones y oscuras, tan oscuras, que si te sumerges no puedes ver más allá de tus narices.   En él, aprendí a nadar a la temprana edad de cinco años, pero siempre sentí recelo cuando de aguas turbias se trata.

Aunque parezca obsesivo, para mí es muy importante ver que hay debajo. Sé muy bien que muchas personas demuestran miedo a darse una zambullida, por no saber nadar, o porque tal vez algún desgraciado suceso del pasado relacionado con el agua les hizo temer perecer ahogado.

Ni lo uno ni lo otro es mi caso.

Mi difunto padre, cuando yo aún no había nacido, construyó un “rancho” en la isla frente a la ciudad donde vivíamos por aquel entonces. Entiéndase por “rancho”, a una cabaña hecha en madera y montada sobre pilotes de quebracho colorado, dado que en épocas de creciente, el río cubre la tierra de varias islas. Son en su mayoría construcciones de fin de semana, propiedad de pobladores de la gran urbe frontera, aficionados a la pesca o a las actividades náuticas.

Más grandes o más chicos, con muchas o con pocas comodidades, estos ranchos hacen las delicias de los amantes del río.

En estas islas, donde solo hay sauces llorones y diversidad de aves, transcurrió gran parte de mi vida. Allí, aprendí todo lo que había que aprender para ser un isleño hecho y derecho.

Aún recuerdo con noltalgia aquellas tardecitas de mate cocido y galleta bajo de la galería del aquel rancho.

El nuestro era grande y cómodo, con sus cuatro habitaciones y su techo acanalado de zinc a dos aguas. A veces, no sólo pasábamos el día sábado y parte del domingo en él, sino que permanecíamos semanas enteras, dedicadas a la pesca y a pasear en canoa.

Un buen día, cuando rondaba los dieciocho años, compartí un fin de semana completo junto a mi amigo Ricardo, quien acostumbraba a acompañarme en aquellas ocasiones. No digo que no tuviese otras amistades, sólo que él era uno de mis dos mejores compañeros.

Ya caía el sol del verano en aquella tarde del sábado cuando echamos el último lance*. Al recoger la red desde la popa de la canoa y mientras mi amigo se hallaba a cargo de los remos; noté que ésta se ponía demasiado pesada.

-- Parece que traemos algo grande... o arrastró barro del fondo. – dije.

A veces, la red raspa en demasía el barroso lecho del río, y a consecuencia, y por impregnarse con aquella greda, se torna muy pesada al recogerla.

-- ¿No será algún pescadito bastante grande? – preguntó Ricardo.

-- No. Porque no siento que tironee.... – contesté en medio del esfuerzo.

-- ¿No será algún surubí grandote? – dijo Ricardo de nuevo.

-- En una de esas. – dije.

Alimentada por mi amigo, aquella idea de pescar algún surubí de grandes dimensiones, hizo que pusiera más empeño en la tarea.

-- A lo mejor enganchamos el tapón del río. ** – dije.

-- No vaya a ser algún raigón***. – dijo entonces Ricardo.

-- No lo digas. ¡Mi viejo me mata si se rompe la red!....y ni te cuento si nos enganchamos y hay que cortarla para liberarnos. – dije.

-- Bahh, que le hacen unos metros menos. – bromeó Ricardo. Pues sabía bien el mal carácter que tenía mi viejo, “el gringo”.

-- ¡Che, que viene pesado carajo! – exclamé en medio de tremendo esfuerzo – ...¡Ta que lo tiró!

Sabía que romper la red, significaría una severa reprimenda de parte de mi padre. Pero por otro lado estaba tranquilo, porque

 

 

*  N del A. Se denomina lance, a desplegar la red hasta que ésta haya recorrido aproximadamente toda la longitud de lo que más o menos es zona de pesca, acompañando luego a ésta con la canoa y siempre río abajo)

**   N del A .  Broma de los pescadores.

*** N del A. Un raigón, se le llama a un tronco, trozo de árbol o a veces árbol completo, que podrido su madera de tanto flotar a la deriva, pierde su flotabilidad y suele ser la desgracia de los pescadores, por romper sus redes o engancharse en ellas de tal manera que hace imposible liberarlas.

en apariencia el tejido no estaba enganchado, sino que había atrapado algo muy pesado y que yo ahora halaba muy lento y con gran dificultad hacia la superficie. Si se trataba de un raigón, lo subiríamos a la canoa, lo desenredaríamos y listo. Y en el caso de ser muy grande, lo llevaríamos a la rastra hasta la costa para liberar la red de todas maneras.

Por fin, después de un gran esfuerzo, noté que la razón de semejante contratiempo estaba casi por emerger de las marrones aguas. Esas malditas aguas oscuras no te permiten ver de que se trata hasta que está en la superficie.

Cuando asomó, casi me muero del susto.

Se trataba, nada más y nada menos, que del cadáver de un hombre ahogado que en el tejido se había enredado.

-- ¡Por Dios y todos los santos! – exclamé soltando la red por un momento.

Eché una mirada a Ricardo.

El, por su parte, debió adivinar por la expresión de mi rostro que algo malo ocurría.

-- ¿Qué es Carlitos? ¿Qué es?...¡Decíme che! – insistió al ver la expresión de mi rostro.

-- Es un ahogado....es un ahogado... – dije con cierto temblor en la voz.

-- ¡A la mierda!....pará, pará. – dijo soltando los remos y luego acercándose a la popa de la canoa – ...a ver, levantá la red.

Entre los dos recogimos un poco, y el cadáver apareció de nuevo. Estaba boca abajo, su torso vestía una camisa que habría sido blanca, pero ahora lucía color ocre por efecto de aquellas barrosas aguas que todo lo tiñen.

El cuerpo se hallaba grotescamente hinchado y putrefacto, de sus brazos se desprendían largos jirones de piel blanquecina. Su cabello, lo poco que quedaba, recuerdo  muy bien, era oscuro. Fue entonces, cuando llegó hasta nuestras narices aquel olor dulzón y penetrante de la putrefacción, tan nauseabundo que por poco nos provoca el vómito.

-- ¡A la pucha! – exclamó Ricardo arrugando su nariz  y haciendo una mueca.

Miré a mi amigo y pregunté:

-- ¿Y ahora... que hacemos?

-- Que se yo....avisamos a Prefectura Naval*. – encogió sus hombros.

Enseguida vino a mi mente la historia contada por un hombre de río, el señor “M”, bien conocido por nosotros, y que pasó por aquellas mismas circunstancias. Había relatado en una ocasión, que luego de hallar un cadáver flotando en el río, había avisado a las autoridades, y luego, todas las peripecias sufridas por él cuando lo tuvieron de aquí para allá haciendo declaraciones, una y otra vez.

-- ¡Me volvieron loco! – afirmó el señor “ M” en aquel entonces.

Así se lo hice saber a mi compañero Ricardo. Pero él me dijo enseguida:

-- Mirá, lo correcto es lo correcto, y este pobre desgraciado tiene derecho a recibir una sepultura decente para que su alma descanse en paz. Además, imagináte como lo estará buscando su familia.

-- No sé, no sé.....mirá lo que contó “M”, ¿y si es para problemas? Yo prefiero dejarlo boyando, que lo encuentre otro y listo. – dije con mucha seguridad.

 

 

* N del A  Autoridad oficial que rige en los ríos.

-- Pero no es correcto, te acordás cuando le hicimos la fiesta de despedida de soltero a Daniel y yo tomé “prestada” una  sotana del colegio de los curas para disfrazarme de sacerdote...¿te acordás o no te acordás lo que me pasó? –dijo Ricardo.

Como iba a olvidarlo. Si esa misma noche y al terminar la fiesta,  por desinstalar unas luces provisorias que habíamos colocado, mi buen amigo casi muere electrocutado.

-- ¡Dios me castigó por lo que hice y casi me muero! – exclamó muy serio con énfasis, elevando el volumen de su voz  ciertamente convencido de su presunción.

Me mantuve unos instantes en silencio, intentaba decidir que haríamos con aquel cadáver.

Luego dije:

-- Vamos a darlo vuelta.

Aquella terrible y morbosa curiosidad propia del ser humano se apoderó de mí.

Entonces, tironeando un poco de la red, lo volteamos hasta que quedó boca arriba. Resultó una mala idea. Sólo nos dimos cuenta, cuando aquel pobre desdichado mostró lo que quedaba de su rostro.

Nos miró por un instante desde sus cuencas vacías. Su cara, hinchada, deforme y en parte devorada por los peces, fue una visión espantosa. Faltaba parte de la carne sobre su boca y mandíbula, mostrando el hueso del maxilar con su dentadura al descubierto. Los restos de su cuero cabelludo se hallaban casi desprendidos.

La fuerte impresión que nos causó fue tan terrible, que soltamos la red para que volviera a sumergirse y desapareciese de nuestra vista.

Un segundo después, dije:

-- Vos pensá lo que quieras, Ricardo, pero yo lo suelto y que se haga cargo otro.

Entonces, Ricardo se encogió de hombros, como diciéndome que hiciese lo que me viniera en gana.

Eché una mirada al resto de la red recogida que se hallaba sobre la canoa y dije:

-- Yo no lo desenredo ni loco, si corto la red para que se vaya, calculo que sólo perderemos unos diez metros, pues ya la levantamos casi toda, alcanzáme el machete.

El machete siempre se lleva en la canoa cuando se pesca, y es para cortar la red en un caso de emergencia. 

Así, luego de un par de minutos, había cortado el paño del tejido.

Miré a mi amigo y le dije:

-- Hicimos lo mejor que podíamos haber hecho, sino.... era para problemas.

-- Los problemas los vas a tener vos con tu viejo, ahora que cortaste la red. – contestó Ricardo.

-- Le digo que se enganchó, probablemente en algún tronco en el fondo y.... ¡vos no digas ni palabra!  – respondí.

Y así fue, después de escuchar algunas protestas de parte de mi padre, y pasado un par de días, todo quedó olvidado.

Un miércoles diez días después, anunció mi padre, que él y mi madre habían decidido ir a pasear a las sierras de Córdoba por todo el  fin de semana próximo, y que partiríamos el viernes.

Simplemente dije que no tenía ganas, que me quedaría en casa. Y siendo ya mayorcito como era, no hubo problema alguno.

De todas maneras, sólo era por tres días, pues el lunes esperaban estar de regreso.

-- Yo te voy a dejar comida preparada y llamaré todo los días por teléfono,  por si surge algún problema, ¿sabés? – dijo mi madre.

-- ¿Seguro que no querés venir? – preguntó mi padre.

-- No, la verdad es que no tengo ganas. – dije.

Quedarme solo en casa me encantaba, además, podía ir y venir de juerga a mi antojo. Ya había ido a las sierras un montón de veces cuando más pequeño, pero ahora me aburría.

-- Sólo me tenés que hacer un favor... – dijo mi padre, mientras cargaba una valija en el baúl del automóvil el día viernes y antes de partir – ...pues casi me olvido.

Andate hasta el rancho en la “Alhajita” *, a buscar una lata de pintura gris de cuatro litros. Una de las tres que están en un rincón en la cocina. Voy a necesitarla acá en casa para el martes, pues yo no me di cuenta y llevé todas para allá, ¿vas a poder?

-- Sí. Mañana mismo a la tarde, cruzo y te la traigo. – respondí.

El día viernes y como siempre, invité a mi inefable compañero Ricardo.

Sólo dijo que no podía ir por ser el cumpleaños de su madre, y junto a sus hermanos, pensaban preparar una reunión familiar por la noche. De paso, me invitó a que concurriera cuando regresara de la isla.

A las tres de la tarde, tomé la canoa y crucé el río hasta llegar al rancho. Una vez allí y como era costumbre, abrí de par en par todas las puertas y ventanas.

 

 

* N del A. Nombre de la canoa de un amigo ( F. Maldonado) .

 

Era de rigor, airear las habitaciones de las cabañas, por estar siempre muchos días cerradas por completo. Luego, me dediqué tranquilo a la lectura de un buen libro.

¿Para que apurarme a volver a la ciudad donde el calor del verano se hacía sentir con toda intensidad si podía pasarla bien bajo el fresco de los árboles?

A media tarde, y como era costumbre, preparé el mate cocido en la ennegrecida pava y acompañando con unos biscochitos. Así transcurrió el resto del  día, tranquilo y silencioso.

Antes de partir, y cuando el sol ya caía en el horizonte, se me ocurrió darme una zambullida. Caminé hasta la costa, y lanzándome a las aguas comencé a nadar unos metros río adentro.

Estaba yo disfrutando en plenitud aquel día de verano. La  apacible soledad de la isla embriagaba mis sentidos.

Pero de improviso, algo bajo las aguas rozó mi pierna.

Sentirse tocado por cualquier objeto en aquellas oscuras y turbias aguas, produce por cierto una impresión desagradable, sobre todo por la dificultad de ver de que se trata.

A veces es sólo un pez, otras veces una planta o un trozo de barba de sauce que flota a media agua.

El estar sólo en aquellos parajes, lo vuelve a uno precavido, por lo que comencé de inmediato a nadar hacia la costa y de la cual sólo me separaban unos treinta metros.

Pero cuando estaba por llegar y de repente, sin que nada me lo advirtiera, una cosa, y que no pude discernir en aquel momento de que se trataba, me sujetó por el tobillo derecho halándome con fuerza hacia abajo. El tirón me hundió con tanta fuerza, que con ambos pies toqué aquel fondo barroso que calculo estaba a unos tres metros.

Aterrado por tremendo susto, conseguí salir a la superficie y comencé a nadar a una velocidad vertiginosa hacia la costa. Cuando la alcancé, emprendí una carrera digna de competencia y hasta llegar debajo del rancho.

Allí, permanecí jadeando y descontrolado por unos minutos.

¿Que había pasado?

No lo sabía con certeza. Me había resultado muy parecido una mano que me había asido de un tobillo, para luego halarme hacia lo profundo.

Mi corazón latía descontrolado y yo temblaba como una hoja agitada por el viento, mientras intentaba encontrar alguna explicación lógica a lo sucedido.

De una broma no se trataba, pues me hallaba solo.

Me tomó un buen rato calmarme, aunque no lo logré del todo, pues tenía los nervios de punta por aquel extraño y aterrador suceso. Pocos minutos después, decidí partir lo más pronto posible y antes que se hiciera de noche por completo, por lo que tomé la lata de pintura encargada por mi padre, y cerrando con celeridad puertas y ventanas, estuve listo para regresar a la ciudad.

Poco más tarde, dando un empellón a la canoa para que se alejara de la costa trepé sobre ella y comencé a remar corriente arriba paralelo a la costa.

Pero cuando la canoa llevaba recorrido escasos treinta metros, se sacudió de improviso para ladearse después.

Sentí un golpe seco en su madera, y un brazo oscuro, putrefacto y abominable, emergió repentino de las aguas para aferrarse a la borda derecha de la embarcación.

Creí que moriría ahí mismo por el susto. Mi corazón se detuvo y mi sangre se congeló en las venas.

Lo único que atiné, fue a remar con todas mis fuerzas, girando la embarcación en dirección a la costa con la mayor velocidad posible.

Unos segundos después, su proa chocó con tanta violencia contra la orilla de baja barranca, que casi me arroja de la bancada de los remos*.

Salté a tierra para lanzarme luego a toda carrera hacia el rancho, distante éste unos cincuenta metros tierra adentro. En un abrir y cerrar de ojos, hoy no me explico como pude hacerlo tan rápido, había entrado, cerrado tras de mí la puerta, y colocado la tranca** interior.

 

* N del A. La bancada de los remos, es la tabla transversal utilizada como asiento para el remero.

** N del A. La tranca, es una madera resistente que se cruza detrás de puerta o ventana, impidiendo que pueda abrirse con facilidad desde el exterior y al intentar abrirla por la fuerza .  

 

¿ Mis ojos lagrimeaban por el miedo, era presa de un persistente temblor que no lograba calmar, y mi mente, no lograba serenarse en medio de un torbellino de confusas ideas.

Qué monstruosa cosa había emergido de aquellas oscuras aguas para atacarme?

Pero de pronto lo recordé.

El pensamiento acudió de inmediato.

¡Aquel ahogado que habíamos encontrado con mi amigo Ricardo quería venganza!

Pero...¿Era posible tal cosa? Los hechos estaban a la vista.

Deduje que por no haberlo recogido, dejándolo a la deriva. Aquel putrefacto cadáver, nunca había sido hallado, no había recibido una cristiana sepultura, y ahora, al no encontrar su eterno descanso, regresaba en busca del culpable. Yo.

Otra explicación razonable no existía, al menos en aquel momento.

Me maldije a mi mismo por no haber hecho caso a mi amigo, cuando éste lo había sugerido en aquella oportunidad.

-- De haber avisado a las autoridades, hoy se hallaría sepultado... y su alma torturada hubiese encontrado sosiego. – pensó mi atormentada mente.

Pasada media hora de estar encerrado en la cabaña, decidí abrir una de las dos ventanas del frente y que daban hacia la costa, sólo para descubrir que el sol se había ocultado por completo. La escasa claridad que aún persistía, iba desapareciendo con rapidez.

Entonces, presentí una larga  y aterrorizante noche.

A tientas, encendí dos de los faroles a kerosene, pues el interior de la cabaña ahora estaba sumido en total oscuridad. 

Una hora interminable transcurrió sin que escuchara el más mínimo sonido. Encerrado, sentado sobre una cama  pensando en aquella monstruosidad. Cuando deduje por fin que lo más probable era que aún me acechara allí afuera, de repente, un fuerte golpe se escuchó sobre la puerta.

Un salto pegué sobre la cama y me puse de pie de inmediato.

-- ¡¿Quién es?! – grité.

Una pequeña luz de esperanza, me dijo que podía tratarse de alguna persona de la ciudad y que ocupaba una de las cabañas vecinas.

Pero nadie contestó.

Al cabo de un par de minutos, muchos fuertes e insistentes golpes sonaron, como aplicados con un puño sobre la puerta de madera.

Enseguida lo supe, estaba seguro de que era él. Estaba afuera e intentaba entrar, venía por mí.

Rejuntando el poco valor que me quedaba grité:

--¡Vete  de acá demonio! ¡Mandáte a mudar... maldito hijo de puta!...

Mis ojos lagrimeaban a causa del terror descontrolado que había hecho presa de mí.

Luego de aquellos improperios lanzados a viva voz, todo volvió a la calma, pero sólo por un par de minutos. Luego comenzaron a sonar los furiosos y repetidos golpes, cada vez mucho más fuertes.

Comencé a percibir un hedor insoportable, y un poco más tarde, unos tremendos empellones hacían que las dos hojas de la puerta se arquearan levemente hacia adentro. Creo que de no haber estado la tranca asegurándola, de par en par se hubiera abierto. Aquellos empellones continuaron durante largos, angustiosos e interminables minutos, durante los cuales, yo permanecí temblando, con la mirada fija en aquella puerta y con el machete en la mano.

Si en algún momento cedía y el engendro penetraba, la emprendería a machetazos dispuesto a vender cara mi vida.

Pero por fortuna, la noble madera resistió todos los embates lanzados, y al cabo de un largo rato todo volvió a ser silencio.

Pensé en aquel momento que mi única vía de escape era la canoa, pero ni amarrada la había dejado en mi apuro por refugiarme,  si la corriente la había arrastrado, estaba perdido.

Pensé que si por fortuna me libraba  de aquel trance, sería todo un problema explicar aquellos sucesos, pues nadie me creería, y encima, mi viejo me mataría por haber extraviado una embarcación ajena.

La puerta de entrada tenía cerrados los postigos interiores, esto la volvía más resistente, pero no me permitía observar hacia fuera. Decidí entonces abrir las ventanas del frente, con mucha cautela y con el mayor de los cuidados para no provocar el más mínimo ruido. Debía saber a toda costa lo que pasaba afuera, es decir, donde se hallaba aquel abominable resto humano, o si por fin, y al ver que no había forma de atraparme, se retiraba de una buena vez dejándome tranquilo

A través de ellas, a través de la noche, alcancé a divisar el terreno hacia el frente y hasta la costa, el reflejo del río, y más allá, las luces de la ciudad.

Por mucho que atisbaba en la oscuridad, no lograba localizar al desgraciado, y me inquietaba demasiado, el hecho de no saber con exactitud por donde andaba rondando. Aquella noche resultó muy calurosa, y yo, allí encerrado, había comenzado a transpirar profusamente. La sed comenzaba a acuciarme y no disponía de una mísera gota de agua.

Sin embargo, decidí alejar mis pensamientos de ese hecho, pues sumaría otro problema a mi atormentada mente. Aguardaría a que llegara la mañana y luego trataría de salir de allí a como diera lugar. Con seguridad, para el día siguiente y siendo sábado, arribaría gente a alguno de las dos cabañas vecinas y entonces me encontraría a salvo, o por lo menos eso pensaba.

En medio de mis cavilaciones fue cuando comencé a escuchar raspar sobre la madera de la pared, sonido que fue creciendo en intensidad hasta parecer un león afilando sus garras. Maldije por no tener a mano la dichosa escopeta isleña, que por desgracia para mí, estaba en el cuarto lindero destinado a guardar todos los trastos, redes y herramientas, y sólo se tenía acceso por una puerta que se hallaba bajo la galería.

Aunque a decir verdad, no sabía si era posible matar a uno que ya está muerto.

De todos modos, calculé que si le acertaba algunas perdigonadas a corta distancia y en alguna de sus podridas piernas, seguro se la desarmaría, dejándolo sin poder caminar.

¿Y si no lo lograba? ¿Y sino le hacía efecto alguno?¿Cómo matar a un muerto?

Los rasguños en las paredes continuaron a intervalos. Consulté mi reloj, y sus agujas indicaban las nueve de la noche. Esperaba ansioso que a la luz del nuevo día aquel engendro se marchase.

Mi oído, cada tanto, percibía el crujir de la madera y el leve sonido de sus pausados pasos en la estructura de madera, como si anduviese de aquí para allá buscando la forma de penetrar para atraparme.

Revolví entonces dentro de un pequeño y bajito armario, donde mi padre solía guardar algunas herramientas de mano.  Sólo encontré destornilladores, una pinza, y un serrucho de pequeñas dimensiones.

Pero de pronto se me ocurrió una idea, si podía quitar un par de tablas de la pared de madera lindera, con seguridad accedería al cuarto de trastos y por supuesto a la escopeta, por lo que sin pensarlo dos veces me aboqué a la tarea.

Comencé a hacer palanca valiéndome de los destornilladores grandes y en una  junta entre dos tablas, para luego introducir con cuidado la hoja del serrucho para cortar los travesaños.

En plena tarea me hallaba, cuando un nuevo sonido llegó a mis oídos y me detuve de repente en lo que estaba haciendo para escucharlo mejor.

--¡Por Dios!— exclamé.

Era el sonido de las acanaladas chapas de zinc que cubrían el techo y que probablemente crujían al tratar de ser arrancadas.

-- Este se quiere meter por arriba. – pensé de inmediato – ¿pero por donde y como? –

Recordé entonces que en el exterior había quedado una escalerilla corta que tenía varios usos.

Valiéndose de la misma, él trataba de vulnerar el techo para meterse dentro. De inmediato me trasladé hasta la otra habitación, para con pavor descubrír que estaba forcejeando intentado retirar una de ellas, la cual se hallaba desprendida en forma parcial dejando un espacio a través del cual se veía el negro cielo estrellado.

-- ¡Mandate a mudar hijo de puta! – grité a todo pulmón.

Me sentía aterrorizado e impotente.

En un rapto de coraje, tomé la escoba que estaba en un rincón, y con un trozo de fuerte hilo, con rapidez sujeté una filosa cuchilla de cocina al extremo de su palo. Luego, parándome sobre una silla para alcanzar, comencé con furia a lanzar estocadas hacia aquella abertura del techo.

Cada vez que sentía que la cuchilla penetraba en la corrompida carne, un escalofrío me recorría el cuerpo. Luego, un líquido marrón oscuro, viscoso y de olor nauseabundo, comenzó a chorrear hacia adentro y también a deslizarse por el palo de la escoba. El asco y repulsión que sentí fue tan atroz que arrojé mi improvisada arma hacia un costado. 

Después de aquella improvisada defensa de mi parte, aparentemente desistió de penetrar por aquel sitio, y todo fue silencio de nuevo.  Estaba exhausto y mis nervios al borde de un colapso. La sed ahora me acuciaba  implacable y la garganta me ardía.

Sabía que debía salir de alguna forma, pero no se me ocurría la manera de cómo hacerlo. Aquella cosa trataba a toda costa de atraparme, según creía yo, para arrastrarme hacia las profundidades del río o para terminar con mi vida.

De pronto una nueva idea se me ocurrió.

Intentaría salir a través de una de las ventanas del frente, caminando por la saliente y estrecha cornisa  de madera, rodear la cabaña hasta asomar a la galería. De esa forma podría atisbar donde se encontraba y que estaba haciendo aquella monstruosidad.

Así, abrí una de las ventanas frontales, y luego de rasgar el mosquitero me deslicé hacia el exterior. La tarea no resultó fácil, dado que la saliente periférica medía escasos treinta centímetros.

Con la espalda pegada contra la pared  externa, paso a paso fui avanzando con muchísimo cuidado, si caía, el porrazo desde más de cuatro metros de altura con seguridad me dejaría en malas condiciones y entonces sí sería atrapado.

Unos minutos después y esperando verlo al acecho, asomé mi cabeza sólo apenas por una esquina y desde donde podía observar la galería en su totalidad.

Con sorpresa descubrí que no había nadie a la vista. Luego de asegurarme bien de ello, decidí avanzar saliendo al descubierto. Calculaba que si aparecía de repente, podría volver a desplazarme por la cornisa exterior y sin que él pudiera hacer lo mismo para seguirme dado lo hinchado y voluminoso de su cuerpo.

Nada, no se hallaba a la vista.

Presto y nervioso tomé el llavero que estaba en mi bolsillo, y tratando de no producir ningún tipo de ruido, abrí el candado del cuarto de trastos para penetrar en él cerrando luego la puerta desde el lado de adentro.

La oscuridad era total, me llevó un buen rato por desplazarme a ciegas,  tomar la escopeta y hallar solamente un cartucho.

¡¿Donde diablos estarían los otros que con seguridad había?!

Momentos más tarde me hallaba yo, buscando al muerto viviente para meterle un tiro.

Por fin, y al no localizarlo desde arriba de la cabaña, decidí hacerle frente al destino y bajar para buscarlo.

La escalera de acceso al rancho, estaba compuesta de dos tramos en ángulo recto, con un descanso hecho de loza de cemento en el medio y peldaños hechos con tablas.

Bajé con sigilo el primero de ellos, y de repente, cuando me hallaba en el descanso, lo vi.

Se encontraba como a unos veinte metros de distancia, sobre el terreno del frente de la cabaña. Parado, quieto, con su mirada de ojos vacíos vuelta hacia el río.

Permanecí por unos minutos esperando que se moviera, pero no lo hizo ¿Qué estaría meditando su descompuesto cerebro?

Bajé lento el último tramo de escalera e hice pie sobre la tierra húmeda. Agazapado como un soldado me le acerqué muy en silencio, y cuando estaba a cinco o tal vez seis metros de él, monté el gatillo de la escopeta que dispararía mi único cartucho.

Pero aquel mínimo sonido, hizo que el monstruo se volteara.

¡Ay, madre de Dios que momento, cuando estuve frente a frente con aquella criatura!

Sin demorar ni un segundo tironeé del disparador, y un fuerte trueno sonó iluminando la noche con el resplandor del fogonazo.

Di media vuelta y corrí al instante, sin voltear para ver el resultado de tremendo escopetazo, y trepando la escalera retorné a caminar por la cornisa para luego colarme a través de la ventana por donde había salido y refugiarme otra vez en el interior de mi cabaña.

Minutos más tarde, estaba yo prisionero de nuevo,  cuando lo divisé parado sobre el terreno del frente.

Esta vez, y como lanzando una amenaza, alzó uno de sus brazos y lanzó un gemido gutural y lastimero que nunca podré borrar de mi memoria. Luego, volteó y se marchó a paso muy lento, arrastrando sobre aquella tierra isleña lo que quedaba de sus torturados pies. Alcancé a ver como se sumergía en las oscuras aguas hasta perderse de vista.

La mañana me encontró durmiendo, aún encerrado dentro de la cabaña. Me despertaron los trinos de los pájaros y el sonido del motor de una lancha.

Pegué un brinco de la cama y abriendo la puerta salí a la galería.

En el piso de madera, aún se hallaban las horribles huellas de sus pies desnudos y embarrados, como mudos testigos de aquel macabro visitante.

Cuando hasta la costa llegué, aún con el arma en la mano, pegué un brinco de alegría al ver que la canoa, la  noble “Alhajita”, ése era su nombre, se hallaba aún arrimada sobre la orilla y donde yo la había dejado el día anterior.

Más tarde, luego de cerrar todo con llaves y candados, volví  a la ciudad y a mi casa. Nunca conté lo sucedido excepto a mi amigo Ricardo, pues sabía que sería el único en creer en aquella odisea escalofriante que yo había vivido.

El, luego de escuchar mi estremecedor relato, sólo dijo:

-- ¡Viste, te lo dije!...lo que es correcto, es correcto.

No comentó nada más.

Poco tiempo después, mi padre vendió nuestra casa, aquella cabaña islera, y nos mudamos a las sierras de Córdoba.

Donde las aguas son claras, transparentes, y sobre todo, muy sobre todo, se puede ver lo que hay debajo de ellas.

 

FIN

bottom of page